Dawno mówią: gdzie Bóg, tam zgoda. Orzechowski

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ciudad, y hasta los muchachos le señalaban con el dedo y contaban su credulidad y mi embuste.
Esto contó la gitana vieja, y esto dio por escusa para no ir a Sevilla. Los gitanos, que ya sabían de
Andrés Caballero que el mozo traía dineros en cantidad, con facilidad le acogieron en su compañía
y se ofrecieron de guardarle y encubrirle todo el tiempo que él quisiese, y determinaron de torcer el
camino a mano izquierda y entrarse en la Mancha y en el reino de Murcia.
Llamaron al mozo y diéronle cuenta de lo que pensaban hacer por él; él se lo agradeció y dio cien
escudos de oro para que los repartiesen entre todos. Con esta dádiva quedaron más blandos que
unas martas; sólo a Preciosa no contentó mucho la quedada de don Sancho, que así dijo el mozo
que se llamaba; pero los gitanos se le mudaron en el de Clemente, y así le llamaron desde allí
adelante. También quedó un poco torcido Andrés, y no bien satisfecho de haberse quedado Cle-
mente, por parecerle que con poco fundamento había dejado sus primeros designios. Mas Clemen-
te, como si le leyera la intención, entre otras cosas le dijo que se holgaba de ir al reino de Murcia,
por estar cerca de Cartagena, adonde si viniesen galeras, como él pe[n]saba que habían de venir,
pudiese con facilidad pasar a Italia. Finalmente, por traelle más ante los ojos y mirar sus acciones y
escudriñar sus pensamientos, quiso Andrés que fuese Clemente su camarada, y Clemente tuvo
esta amistad por gran favor que se le hacía. Andaban siempre juntos, gastaban largo, llovían escu-
dos, corrían, saltaban, bailaban y tiraban la barra mejor que ninguno de los gitanos, y eran de las
gitanas más que medianamente queridos, y de los gitanos en todo estremo respectados.
Dejaron, pues, a Estremadura y entráronse en la Mancha, y poco a poco fueron caminando al reino
de Murcia. En todas las aldeas y lugares que pasaban había desafíos de pelota, de esgrima, de
correr, de saltar, de tirar la barra y de otros ejercicios de fuerza, maña y ligereza, y de todos salían
vencedores Andrés y Clemente, como de solo Andrés queda dicho. Y en todo este tiempo, que
fueron más de mes y medio, nunca tuvo Clemente ocasión, ni él la procuró, de hablar a Preciosa,
hasta que un día, estando juntos Andrés y ella, llegó él a la conversación, porque le llamaron, y
Preciosa le dijo:
 Desde la vez primera que llegaste a nuestro aduar te conocí, Clemente, y se me vinieron a la
memoria los versos que en Madrid me diste; pero no quise decir nada, por no saber con qué inten-
ción venías a nuestras estancias; y, cuando supe tu desgracia, me pesó en el alma, y se aseguró
mi pecho, que estaba sobresaltado, pensando que como había don Joanes en el mundo, y que se
mudaban en Andreses, así podía haber don Sanchos que se mudasen en otros nombres. Háblote
desta manera porque Andrés me ha dicho que te ha dado cuenta de quién es y de la intención con
que se ha vuelto gitano  y así era la verdad; que Andrés le había hecho sabidor de toda su historia,
por poder comunicar con él sus pensamientos . Y no pienses que te fue de poco provecho el co-
nocerte, pues por mi respecto y por lo que yo de ti dije, se facilitó el acogerte y admitirte en nuestra
compañía, donde plega a Dios te suceda todo el bien que acertares a desearte. Este buen deseo
quiero que me pagues en que no afees a Andrés la bajeza de su intento, ni le pintes cuán mal le
está perserverar en este estado; que, puesto que yo imagino que debajo de los candados de mi
voluntad está la suya, todavía me pesaría de verle dar muestras, por mínimas que fuesen, de algún
arrepentimiento.
A esto respondió Clemente:
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 No pienses, Preciosa única, que don Juan con ligereza de ánimo me descubrió quién era: primero
le conocí yo, y primero me descubrieron sus ojos sus intentos; primero le dije yo quién era, y prime-
ro le adiviné la prisión de su voluntad que tú señalas; y él, dándome el crédito que era razón que
me diese, fió de mi secreto el suyo, y él es buen testigo si alabé su determinación y escogido em-
pleo; que no soy, ¡oh Preciosa!, de tan corto ingenio que no alcance hasta dónde se estienden las
fuerzas de la hermosura; y la tuya, por pasar de los límites de los mayores estremos de belleza, es
disculpa bastante de mayores yerros, si es que deben llamarse yerros los que se hacen con tan
forzosas causas. Agradézcote, señora, lo que en mi crédito dijiste, y yo pienso pagártelo en desear
que estos enredos amorosos salgan a fines felices, y que tú goces de tu Andrés, y Andrés de su [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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    Dla cierpiÄ…cego fizycznie potrzebny jest lekarz, dla cierpiÄ…cego psychicznie - przyjaciel. Menander
    Jak gore, to już nie trza dmuchać. Prymus
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