Dawno mówią: gdzie Bóg, tam zgoda. Orzechowski

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habían programado para su vida.
Comenzó a leer aquella misma tarde el tal «libro voluminoso» porque no tenía nada mejor
para distraerse; a medianoche, una enfermera entró preguntando si necesitaba ayuda, ya que
era el único cuarto que mantenía aún la luz encendida. Eduard la despidió con una simple
señal de la mano, sin apartar los ojos del libro.
Los hombres y mujeres cuya actuación o pensamiento conmocionaron al mundo. Hombres y
mujeres comunes, como él, su padre, o la amada que él sabía que estaba perdiendo, inmersos
en las mismas dudas e inquietudes que sumían en la perplejidad a todos los seres humanos en
su vida cotidiana. Gente que no tenía un interés especial por la religión, Dios, expansión de la
mente o una nueva conciencia hasta que un día habían decidido modificarlo todo. El libro era
especialmente interesante porque contaba que, en cada una de aquellas vidas, hubo un
momento mágico que los hizo partir en busca de su propia visión del Paraíso.
Gente que no dejó pasar sus vidas en blanco y que para conseguir lo que se habían propuesto
habían pedido limosna o habían logrado ser escuchados por dignatarios reales; personajes que
habían quebrantado códigos o enfrentado la ira de los poderosos de la época; usado la
diplomacia o la fuerza, pero nunca desistiendo, siendo capaces siempre de vencer cada
dificultad que se presentaba y de convertirla en una ventaja.
Al día siguiente Eduard entregó su reloj de oro al enfermero que le había dado el libro, y le
pidió que lo vendiese y comprase todos los libros que hubiera sobre el tema. Pero no había
ninguno más.
Intentó leer la biografía de algunos de los personajes, pero siempre describían a ese hombre o
a esa mujer como si fuese un elegido, un inspirado, y no una persona común, que debía luchar
como cualquier otra para reafirmar lo que pensaba.
Eduard quedó tan impresionado con esa lectura que consideró seriamente la posibilidad de
hacerse santo, aprovechando el accidente para cambiar el rumbo de su vida. Pero tenía las
piernas rotas, no había tenido ninguna visión en el hospital, no había pasado delante de
ningún cuadro que le conmoviera el alma, no tenía amigos para construir una capilla en el
interior de la meseta brasileña, y los desiertos estaban muy lejos, en zonas convulsionadas por
los problemas políticos. Pero, aún así, podía hacer algo: aprender a pintar, para intentar
mostrar al mundo las visiones que aquellos hombres y mujeres tuvieron.
Cuando le sacaron el yeso y volvió a la embajada, rodeado de los cuidados, mimos y
atenciones que un hijo de embajador recibe de los otros diplomáticos, pidió a su madre que lo
inscribiera en un curso de pintura.
La madre le dijo que ya había perdido muchas clases en el colegio americano, y que era hora
de recuperar el tiempo perdido. Eduard se negó: no tenía los mínimos arrestos para continuar
aprendiendo geografía y ciencias.
Quería ser pintor En un momento inadvertido, explicó el motivo:
-Quiero pintar las visiones del Paraíso.
La madre no comentó nada, y prometió hablar con sus amigas para enterarse de cuál era el
mejor curso de pintura de la ciudad.
Cuando el embajador volvió del trabajo aquella tarde, encontró a su esposa llorando en su
habitación.
-Nuestro hijo está loco -decía mientras las lágrimas le resbalaban por sus mejillas-. El
accidente ha afectado su cerebro.
-¡Imposible! -respondió, indignado, el embajador-. Los médicos recomendados por los
norteamericanos ya lo han examinado.
La mujer le contó lo que había oído.
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Librodot Veronika decide morir Paulo Coelho
-Se trata tan sólo de la rebeldía normal de la juventud. Espera y verás cómo las aguas vuelven
a su cauce.
Esta vez la espera no sirvió de nada, porque Eduard tenía prisa por comenzar a vivir. Dos días
después, cansado de aguardar una decisión de las amigas de su madre, decidió matricularse en
un curso de pintura. Comenzó a aprender la escala de colores y perspectiva, pero comenzó
también a convivir con gente que nunca hablaba de marcas de zapatillas ni de modelos de
coches.
-¡Está conviviendo con artistas! -exclamaba la madre, llorosa, al embajador
-Deja al chico -respondía el embajador-. Se cansará pronto, como se cansó de la novia, de los
cristales, de las pirámides, del incienso y de la marihuana.
Pero el tiempo pasaba, y el cuarto de Eduard se fue transformando en un atelier improvisado,
con pinturas que no tenían el menor sentido para sus padres: eran círculos, combinaciones
exóticas de colores, símbolos primitivos mezclados con figuras de gente en actitudes de
oración.
Eduard, el antiguo muchacho solitario que durante dos años en Brasilia nunca había aparecido
con amigos, ahora llenaba la casa con personas extrañas, todas mal vestidas, con cabellos
desgreñados, escuchando discos horribles al máximo volumen, bebiendo y fumando sin
límite, demostrando la más absoluta ignorancia de los códigos de las buenas maneras. Cierto
día, la directora del colegio americano llamó a la embajadora para sostener una conversación.
-Su hijo debe de estar relacionado con drogas -le dijo-. Su rendimiento escolar está por debajo
de lo normal y si continúa así no podremos renovar su matrícula.
La mujer se fue directamente al despacho del embajador y le contó lo que acababa de oír.
-¡Te pasas la vida diciendo que el tiempo hará que todo vuelva a la normalidad! -lo
recriminaba, histérica-. ¡Tu hijo drogado, loco, con algún problema cerebral gravísimo
mientras tú sólo te preocupas de cócteles y reuniones sociales!
-Habla más bajo -le pidió él.
-No hablaré más bajo, nunca más en la vida, mientras tú no tomes otra actitud. Este chico
necesita ayuda, ¿entiendes?, ¡ayuda médica! Y tienes que hacer algo.
Preocupado porque el escándalo de su mujer pudiese perjudicarlo ante sus funcionarios y por
la evidencia de que el interés de Eduard por la pintura estaba durando más tiempo que el
esperado, el embajador (un hombre práctico, que sabía todos los procedimientos correctos)
estableció una estrategia de ataque al problema.
Empezó por telefonear a su colega, el embajador norteamericano, y le solicitó que le
permitiera utilizar los aparatos de examen de la embajada. Su petición fue atendida.
Después buscó nuevamente a los médicos acreditados, les explicó la situación y les solicitó
que se efectuara una revisión de todos los exámenes de la época. Los médicos, temerosos de
que aquello pudiera acarrearles un proceso, hicieron exactamente lo que les pedía, y
concluyeron que los exámenes no reflejaban ninguna anomalía. Antes de que el embajador se
retirara, le exigieron que firmase un documento que acreditara que, a partir de aquella fecha,
eximía a la embajada de Estados Unidos de la responsabilidad de proporcionar sus nombres.
En seguida el embajador fue al hospital donde Eduard estuvo internado. Habló con el director,
explicó el problema relacionado con su hijo y solicitó que, bajo el pretexto de un chequeo de [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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    Ibi patria, ibi bene. - tam (jest) ojczyzna, gdzie (jest) dobrze
    Dla cierpiÄ…cego fizycznie potrzebny jest lekarz, dla cierpiÄ…cego psychicznie - przyjaciel. Menander
    Jak gore, to już nie trza dmuchać. Prymus
    De nihilo nihil fit - z niczego nic nie powstaje.
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