Dawno mówią: gdzie Bóg, tam zgoda. Orzechowski

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recostaron sobre la paja, que los campesinos habían derramado por los laterales, cubriéndose con sus
mantos, sus pieles o cualquier otra prenda que pudiera defenderlos del frío helador.
Los diplomáticos habían asistido con estupor a la aceleración de los acontecimientos, a la huida
repentina de Zane dei Roselli y de la circasiana y a la afanosa búsqueda de los arqueros. Al principio
estaban atónitos, pero luego, poco a poco, empezaron a entrever, al menos, una parte de la verdad.
Algunos comentarios de las mesas altas, a pesar de las precauciones, llegaron a sus oídos y acabaron por
convencerlos. Por más que la realidad fuera absurda, debían aceptarla; los asesinos eran los amigos con
los que habían convivido durante todo el viaje.
Recordaron incrédulos tanto los momentos frívolos como los dramáticos que habían compartido duran-
te el viaje de Milán a Nápoles y luego hasta Tortona. Ahora, a la luz de la verdad, todo lo que estaba
emergiendo asumía matices nuevos. Sólo ahora caían en la cuenta de algunos indicios que antes,
abrumados por la amistad y la enrarecida atmósfera del viaje, no supieron percibir. Alguien comentó:
-Si el Gran Cocinero lo ha descubierto también nosotros habríamos podido percatarnos.
Y seguían diciéndose:
-Bien es cierto que esos dos no tenían motivos personales contra nuestros cinco pobres amigos y el se-
ñor duque Gian Galeazzo.
Y se preguntaban:
-Pero entonces ¿por orden de quién actuaban y por qué?
Se interrogaron largamente, oprimidos por un fuerte sentimiento de culpa.
-Nosotros éramos los más cercanos a los acontecimientos y habríamos podido, es más, habríamos de-
bido salvar por lo menos a alguno de nuestros amigos.
Atormentados por estos pensamientos angustiosos, extenuados por la cena y por la tensión que la
presidió al final, cada uno trató de recostarse sobre su lecho intentando, si le era posible, coger el sueño.
En un rincón de la gran sala, alejada de los demás, Dona Evelyne, enfadada y triste, estaba acostada
sobre algunas mantas. Había vivido los últimos sucesos y la verdad sobre el veneciano y su acompañante
como un drama personal.
Su relación con Zane había sido la cosa más hermosa y pura de su vida. Continuamente le retornaba a
la mente aquel amor construido con miradas lanzadas y correspondidas, y enseguida apartadas. Un amor
basado en roces ligeros, aunque insistentes, de sus manos o con las rodillas. Pensaba en la circasiana, a la
que todos creyeron una amante infiel; ahora se sabía con seguridad que era su cómplice y que quizá ni
siquiera era su amante.
Evelyne comprendió por qué, con tanta indiferencia hacia a su compañero, la mujer se relacionaba con
aquellos a los que luego conduciría a la muerte, sin suscitar en él los más mínimos celos.
¿Por qué habían asesinado a tantos jóvenes? ¿Qué misterio se escondía detrás de la melancolía de él?
Pensó en la tarde en que a Zane se le escaparon algunas frases extrañas sobre el terrible momento por el
que estaban pasando sus familiares, pero cuando le pidió que se confiara a ella no quiso responder.
Conocía perfectamente el talante del veneciano y estaba segura de que, si mataba sin rencor, tenía que ser
por un motivo muy importante... quizá por orden de alguien, como habían comentado poco antes sus
amigos.
La memoria le devolvía los silenciosos mensajes que él le había transmitido sin poder revelarle nunca
el motivo de su sombría tristeza. ¿Por qué no quería, de ninguna manera, encauzar su amor hacia su fin
natural?
Aún le quedaba bien impresa en el corazón la visita nocturna al claustro de los Doria, la atmósfera
irreal que allí reinaba tanto por el lugar como por la incomprensible y dolorida actitud de Zane. Evelyne
sabía ahora que esa misma noche, y puede que detestando tener que hacerlo, debía matar a un compañero
de viaje y diversiones. Con su instinto de mujer enamorada percibía el horrible drama que lo había
alterado en aquella como en otras ocasiones, y precisamente por eso se sentía desgarrada por un amor
nunca realizado y perdido para siempre.
Rememoraba los besos que por primera vez intercambiaron la noche del claustro, besos encendidos,
pero ambiguos y melancólicamente tristes. Vagamente intuyó que su ardor no poseía el fuego de una
promesa para el futuro, sino más bien un leve perfume de muerte, como los últimos y desesperados
abrazos de un condenado. Cuando, sentada en el murete de aquel lugar sagrado con la espalda pegada a
las esbeltas columnas, en silencio mantuvo la cabeza de Zane apoyada sobre el regazo, había advertido
insólitos escalofríos que lo estremecían y un inquietante jadeo de su respiración. Le atormentaba la idea
de que esa misma noche el joven tuviera una cita con su cómplice, cerca de su hospedería. Sin duda la
circasiana llevaría hasta el lugar establecido a su tercera víctima, completamente borracha a indefensa,
como si se tratara de un cordero para el sacrificio.
Por desgracia, la insondable tristeza de Zane dei Roselli la había fascinado aún más. Evocando las
horas pasadas junto a él, le vino a la memoria su sombrío humor en los días en que ocurrieron los
crímenes. Sólo ahora lograba relacionar las dos circunstancias. ¿Quién lo obligaba? Pensaba en las
preguntas que se había hecho durante todo el viaje y en cuando, casi por despecho, quiso alardear de la
relación con su amiga Isa. ¿Por qué él no había aceptado la oferta de amor que ella le hacía cada vez más
abiertamente?
En un primer momento dedujo que Zane no era viril, pero en aquel claustro, al abrazarlo, tuvo una [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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    Ibi patria, ibi bene. - tam (jest) ojczyzna, gdzie (jest) dobrze
    Dla cierpiÄ…cego fizycznie potrzebny jest lekarz, dla cierpiÄ…cego psychicznie - przyjaciel. Menander
    Jak gore, to już nie trza dmuchać. Prymus
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